En detalle

November 18th, 2009

Festival de Jazz de Ciudad Lineal – Comida de calidad a inmejorable precio

dsc_0953-copy

Texto y fotos: Miguel Verdaguer

Un año más el Festival de Jazz de Ciudad Lineal, ahora enmarcado dentro del ecléctico Festival de Jazz de Madrid, vuelve a destacar por los valores que han conseguido que sean catorce ediciones las celebradas: un cartel excepcional y unos precios sumamente asequibles.

El festival se plantea en dos secciones, una primera celebrada este fin de semana dedicada al jazz internacional y una segunda que continúa toda esta semana centrada en músicos españoles y escuelas de música.

En la ya celebrada primera parte la organización consiguió elaborar un cartel sensacional con tres actuaciones francamente inolvidables, conformando un programa variado dónde se pudo disfrutar de tres estilos bien diferenciados como son el del trío del pianista Kenny Barron, el grupo del trompetista Nils Petter Molvaer y por último el del virtuoso de la guitarra John Scofield.

Sobre Kenny Barron poco se puede decir a estas alturas, pues el pianista nacido en Filadelfia en 1943 y habitual de los festivales españoles, siempre deleita con unas actuaciones impecables; marcadas por su estilo suave, fino y lleno de matices. Quizás la repetición sea la única pega que se le puede poner a este trío, aunque sinceramente a veces, cuando las cosas funcionan, no hay porque cambiarlas; y bien es cierto que la música de Kenny funciona y ha funcionado siempre a la perfección.

Si con el trío de Barron uno siempre sabe lo que va a escuchar, con el sueco Nils Petter Molvaer uno siempre va sin la menor idea de lo que va a presenciar.

El indescriptible trompetista sueco sigue siendo una referencia absoluta dentro del jazz más innovador y sus actuaciones son una experiencia que siempre supera ampliamente las expectativas , aunque bien es verdad que para verle uno debe ir preparado para presenciar un concierto inusual, a veces ajeno a lo que normalmente se denomina Jazz (como el de Kenny Barron del día anterior)

Como ejemplo sirve la descripción del inicio del apasionante concierto del segundo día:

Teatro completamente a oscuras. Se sienten unos pasos en el escenario. Silencio. Se oye el aire traspasar por los conductos de una trompeta pero sin emitir ninguna nota. Suena como un viento frío, nórdico. Por detrás empezamos a ver unas proyecciones monocromáticas con formas extrañas que poco a poco se desvela que son la propia imagen de Molvaer proyectada y transformada. Manipulando su “Mac” mientras toca empieza a superponer notas, y voces que emite a través del micro de pinza que tiene enganchado en la campana de la trompeta, conformando una burbuja sensorial difícil de describir.

En este momento del concierto es cuando el asiento de algún pobre despistado empieza a crujir y su ocupante empieza a pensar cuándo es buen momento para levantarse y salir huyendo pues la verdad es que no sabían que lo de Molvaer iba a ser más que un concierto, no sabían que iba a ser una experiencia abrumadora.

Y es que nadie les había avisado que este grupo les iba a llevar de viaje en globo por territorios desconocidos, con bruscos cambios de temperatura y manipulando conceptos normalmente ajenos a este tipo de festivales.

Este sensacional grupo monta una escenografía impecable, con sutiles juegos de luces y proyecciones que mezclado con esa música por momentos explosiva y por momentos sosegada supone un auténtico placer para los sentidos.

Esta se repite, se transforma como las olas del mar, constantes, todas iguales y todas diferentes, recordando por momentos a músicos contemporáneos como Steve Reich o Philip Glass.

La increíble música que hoy hace Nils Petter Molvaer no sería posible sin la perfecta conjunción que existe entre este , el batería Audun Kleive y el guitarrista Stian Westerhus, todos absolutamente compenetrados, aunque a mas de uno le parezca que son tres tíos en el escenario que no se conocen de nada.

Me hubiera gustado ver la cara que habría puesto el guitarrista John Scofield, protagonista del concierto del tercer día, si hubiera visto a Stian Westerhus tocando su guitarra con un arco de violín.

Aún así, con gran criterio, el Festival se había guardado el concierto estrella para el último día, o al menos el que más público atrae porque siempre que viene a Madrid el Guitarrista de Ohio, “Sco”, como le llaman por allí, se llena de guitarristas deseosos de disfrutar de la genialidad de este músico, que, sinceramente, parece que le sobrara.

Desde que empezó a tocar, aun siendo estudiante, en la banda que supuso el malogrado reencuentro de Chet Baker y Gerry Mulligan, John Scofield ha tocado con todos los músicos de prestigio de la historia del Jazz, incluyendo tres años en una de las últimas bandas de Miles Davis. Ni que decir tiene que llevar el nombre de Miles en tu curriculum es lo más parecido a un sello de calidad, como en los vinos la denominación de origen.

Pero aunque los años pasan y Scofield ya casi tiene los sesenta, este músico no tiene límite. Cada disco que saca, cada formación que monta, cada concierto que da parece que es mejor que el anterior.

En esta ocasión, el broche de esta impecable sección internacional del Festival, lo iba a poner con un delicioso concierto de Blues y Gospel, puesto que está promocionando su último disco, Piety Street, grabado junto al maravilloso cantante y pianista Jon Cleary.

Si el disco ya era de una factura impecable y absolutamente imprescindible para cualquier aficionado al blues, en directo esta banda suena que es un auténtico escándalo. El equipo formado por George Potter con el bajo, Terence Higgins a la batería y Cleary a los teclados es sencillamente brutal, de una intensidad y una exquisitez difícil de ver; sonando como si llevaran tocando 30 años juntos.

Francamente es un placer absoluto disfrutar de este genial guitarrista que en esta ocasión ha decido darse un paseo por los recónditos caminos del Rhythm & Blues para rehacerlo con su propio estilo. Scofield suena a Scofield aunque toque copla, pero tiene una capacidad innata para asimilar y reciclar todo lo que suena a su alrededor, así que si decide tocar Blues es para sentar cátedra y divertirse.

Cuando le ves en directo, sientes que mantiene las ganas que tenia cuando sonaba con Chet, percibes que la banda se lo está pasando bien tocando y cuando eso pasa tienes la sensación de estar presenciando algo verdaderamente autentico y en mi opinión, difícil de olvidar.

En definitiva, es de elogiar el buen hacer del Festival que año tras año deja la misma sensación: Ir al San Juan Bautista es como ir a un restaurante de lujo, a precio de menú, donde este año nos dieron un primero impecable, un segundo sorprendente y un postre exquisito. Impacientes a la espera de la XV Edición.

Categoria: musica Leida 182 veces, 8 hoy